El cementerio de Praga


París, marzo de 1897. Un hombre de sesenta y siete años escribe sentado en una mesa, en una habitación adornada con extravagancia: es el capitán Simonini, una piamontés que desde joven se dedica al noble oficio de falsificar documentos. Por razones que luego se verán, el hombre no recuerda bien quién es y, siguiendo los consejos de un tal doctor Freud, con quien solía compartir cenas en un restaurante de la ciudad hace ahora diez años, decide poner por escrito su vida…

De Garibaldi a Dreyfus, pasando por muchos de los grandes hombres que marcaron el XIX, Eco construye una novela donde el elemento folletinesco triunfa. Es más, son las novelas de Dumas y Sue las que inspiran al falsario en la creación de sus documentos, de lo cual se deduce que es la realidad la que copia a la literatura y no viceversa. También se desprende de la novela otra enseñanza a tener en cuenta: el ser humano solo busca en lo que escucha y lee la confirmación de lo que ya sabe, y por lo tanto es fácil engañarlo, contándole simplemente lo que está dispuesto a oír. En la novela de Eco, nada es lo que parece y nadie es quien realmente dice ser: todo es según convenga, pues, bien mirado, la diferencia entre un hada y una bruja es solo una cuestión de edad y encanto…Quien triunfa es sencillamente el rufián que no pierde el hilo de los acontecimientos, sabiendo siempre muy bien quién es el patrón al que sirve.

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